Café y manchas

Café y manchas

Hay un pequeño universo que se reúne alrededor del café. En Canarias, y no quiero sonar chovinista, pero es que no he vivido en otro lugar, antes de hablar se hace café. Si vas a pedir perdón, si vas a comunicar un nacimiento, una enfermedad o una muerte. Si vas a quedar con alguien siempre se dice: — ¿tomamos café?—, no importa que luego te tomes una coca cola, pero hasta en nuestro lenguaje está presente esta bebida de orígenes tan antiguos y que aquí significa comunicación, reencuentros o despedidas.

En aquella familia todos los acontecimientos se destilaban con café. Allí donde hubiera más de dos, la cafetera italiana se preparaba con agilidad y esmero. No hay hoy miembro de tan larga generación de expertos cafeteros que no sepa preparar un buen café. Ni Nespreso ha podido con ellos, en cada casa todos cuentan con  su cafetera tradicional, de esas que necesitan de un poco de agua, no más arriba del tornillo como marca, el café molido a elección del consumidor, colocado a cucharadas sin apretar para que salga. Esperar a que el sonido inconfundible y aroma  embriagador  se derrame en pequeñas tazas, porque de siempre, lo bueno si breve…, ya sabes.

Y en el hogar que formarían María  y Manuel el café sería como una acequia. Un conducto de palabras, de historias de sinsabores, como ese bizcocho que acompaña a la pequeña taza con el café caliente, que nunca sabes si tomarlo antes o después, porque ya luego sabe amargo.

— Manolo, este año nos casamos. Porque si no en la fábrica no nos dan la dote— En aquellos años tenían una norma, a las mujeres que se casaran se les daba una indemnización de las antiguas cuarenta mil pesetas, eso sí, ya luego no podían seguir trabajando, porque una mujer casada debía cuidar de su marido e hijos.

Y así, Manuel y María que necesitaban esos emolumentos para la construcción de su hogar, que con paciencia estaban fabricando, ese diciembre de 1975 contrajeron matrimonio.

Unos meses después, la noticia del embarazo, entre sorbos de café, llegó a la familia.

Manuel, que se miraba en el espejo y se veía como un ingenuo joven y aun no preparado para ser padre, pensó que dejándose un prominente bigote francés le haría parecer algo mayor y quizá hasta se le pondría cara de buen padre.

A  María se le  llenaban los ojos de lágrimas, entre una mezcla de ternura y comedia, al  ver como Manuel tomaba su café al despertar antes de salir el sol, casi de madrugada, y como aprendía a no mojar su nuevo bigote en aquella miniatura de taza haciendo extraños movimientos que le arrugaban la cara y empequeñecían sus ojos hasta casi esconderlos.

Una tarde, en la que estaban de visita a ver los padres de María, avisaron a Manuel de que habían entrado a robar en su modesta casa. Manuel corrió por las calles del barrio y al llegar, sus peores presagios se habían cumplido, todos sus ahorros, guardados en una caja de caudales de aquellos tiempos, habían desaparecido.

Ante este inesperado y nuevo golpe para los jóvenes y futuros padres, habría que hacer grandes esfuerzos y ahorrar aún más. De esta manera podrían continuar con la construcción del hogar y dejarlo todo preparado ante la llegada del nuevo miembro a la familia.

Con una prominente barriga, María se dio cuenta de que si tenía algún antojo típico de embarazada ese era el de tomar café. Pero de manera casi enfermiza.

Y un lujo en el que había que empezar a hacer recortes era en el número de tazas de café diarias.

María empezó a sentir un cierto nerviosismo, y el bebé que esperaba se lo hacía notar con movimientos cada vez más intensos, como los de un karateka antes de salir al tatami.

Pero ella, que consideraba que ya había hablado demasiado y así lo seguiría demostrando con los años, sufriría en silencio y nunca contaría a Manuel el  malestar por su antojo, un malestar  cada vez más incómodo, un malestar que le provocaba un miedo atroz. Siempre había escuchado decir a las mujeres de su entorno que los antojos no cumplidos provocaban daños a las criaturas. Y ese temor rondaba constantemente la mente de María.

Manuel empezó a notar como los ojos de María se tornaban cada vez más oscuros, de un color verdoso a un marrón brillante. Sus pupilas se estaban convirtiendo en dos perfectos granos de café a medio moler. Y su hogar, que ya empezaba a contar  con todo lo necesario para los tres, desprendía ese olor tan característico, ese olor a conversaciones pendientes, a reuniones y nueva vida. Ese olor a café.

En enero de 1977, María se puso de parto, y los dos se fueron caminando haciendo un gran esfuerzo, en mitad de la noche, hasta casa de un buen amigo que tenía coche para que los llevara hasta el hospital.

Unos días después estaban los tres en casa: la niña, Manuel y María.

En uno de los cuidados baños  que daban al bebé notaron que la pequeña tenía una mancha en la piel, un tono más oscuro que le llegaba desde el torso hasta su pequeña pierna, una mancha color marrón, una mancha color café.

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8 Comments on Café y manchas

  1. Magnífico relato. Como con ese humor “socarrón” canario se narran las vicisitudes de aquella época.
    Enhorabuena.

  2. Eso lo que tomaremos primita un cafe, siempre para cualquier ocasion, saludos luzma

  3. Que bonito….pero que bueno es el cafe

  4. Me encantan tus relatos. Mientras lo leía los estaba viendo.
    Enhorabuena Isa, saludos.

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